Testimonios
Anonimo.
Hola, Tengo 30 años y puedo decir que estuve unos años viviendo en una auténtica "cárcel". Escribo esto por si alguien está en mi misma situación y puedo ayudar en algo, contando mi caso.
Yo siempre fui una persona tímida pero hasta que no empecé la Universidad, no me di cuenta que lo mío era un problema mucho más grave que una simple timidez. En la época en la que fui al Instituto, como estaba rodeado por mis amigos de siempre, podía desenvolverme más o menos con normalidad (eso sí, siempre intentando pasar desapercibido), pero cuando empecé la Carrera de Empresariales vino la verdadera tortura... recuerdo con verdadera angustia el primer día de clase, los demás hablaban unos con otros y yo me senté en el último rincón sin cruzar palabra con nadie.
A partir de este momento me fui aislando cada vez más. Me sentía fatal cada vez que tenía que subirme al autobús para ir a la facultad, ya que pensaba que todo el mundo estaba pendiente de mí. Era incapaz de entrar en la cafetería de la Universidad a tomarme un café. No me relacionaba con nadie. No podía pedir unos simples apuntes. Los fines de semana dejé de salir con mis amigos de siempre, porque los grupos se habían ido ampliando con gente nueva y para mi era imposible pasármelo bien. Empecé a suspender, cuando siempre había sacado buenas notas. Y me di por vencido. No tenía fuerzas para luchar más.
Abandoné la carrera y me aislé totalmente del mundo exterior. Solo estaba bien en mi casa. Mis padres y mi hermana no me podían entender, me intentaban obligar a hacer cosas, yo me negaba y ellos se desesperaban... estuve así dos años.
Por fin, me puse en tratamiento psicológico y conseguí superar mi problema. De verdad que merece la pena luchar. Ahora soy libre para poder hacer lo que quiera, sin estar todo el día planteándome "que pensarán los demás de mí...", terminé la Carrera, tengo muchísimos amigos y lo más importante:
¡ME SIENTO LIBRE!
Anonimo.
Me daba miedo estar con gente. En el instituto solía ponerme al final de la clase, pensando que de esa forma el profesor no me preguntaría y no me sacaría a la pizarra.
Tenía compañeros de curso, que no amigos. No salía nunca de casa por más que me insistieran mis padres y mis hermanos. Yo ocupo la nº 3 de cuatro hermanos. Éramos dos chicas y dos chicos. Mi hermana cuatro años mayor que yo, no me llevaba con sus amigos por eso de la diferencia de edad, aunque sí me hubiera invitado a salir yo me habría negado.
Después fui a la universidad y más de lo mismo. Sola siempre y antipática con los demás aunque yo no quería serlo. Termine mis estudios Universitarios. Soy economista y trabajo en una sucursal bancaria. Todo ha seguido igual hasta hace un año, en que por fortuna he podido con sacrificio y con ayuda psicológica, por supuesto, superar ese problema que se denomina fobia social.
Miedo a los demás y sentido de ridículo ante lo que pudiese pensar la gente. El contacto con otros me suponía un esfuerzo inusitado, no solo por los temores irracionales de que iba a ser rechazada, sino por los síntomas físicos me que aterraban: rubor, ahogo, taquicardia, temblor de manos...
Hace seis meses, he comenzado una relación con un chico. Ha sido el primero con el que he salido. Siempre evité el salir a solas, por los miedos que he descrito. Todos me decían y me dicen que soy mona. ¿De que me servía, si me enroscaba en mí misma? Hablaba poco, pendiente del rechazo que presentía, incomodísima, deseando llegar a casa para meterme en el ordenador que era mí único amigo, ya que este no podía hablarme, no esperaba respuesta porque no hacía preguntas, no me observaba, no me juzgaba, en definitiva no intervenía para nada en mi vida.
Hoy sé que un ser humano es mucho más que un ordenador. Se que el intercambio social es válido y positivo y agradezco profundamente el haber aprendido los mecanismos que me aportan los psicólogos que trataron mi problema de fobia social.
Saber que cada uno es como es y cómo quiere ser y saber que nadie debe juzgar comportamientos, siempre que no sean dañinos, para los demás. Por otro lado nadie juzga hasta los extremos que yo presentía. Nadie me juzgaba aunque yo estuviese pendiente de esos hipotéticos físicos.
Ahora me considero normal en mis pensamientos, apreciaciones y comportamientos. Hablo, rio, lloro y sueño como cualquier ser humano. Me relaciono con todos, pido ayuda cuando la necesito y ayudo o intento al menos hacerlo, como en este momento pretendo, para dar ánimos a los que estén hoy como yo estuve ayer.